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Mi perfecta imperfección

“¡El lunes empiezo la dieta!”. Esa ha sido probablemente una de las frases que más me he repetido desde la adolescencia. Así era yo, una chica enfrascada en la ardua búsqueda del abdomen perfecto, de las piernas perfectas… en fin, del cuerpo perfecto.

Y para ser honesta, la lucha no siempre fue por perder kilos o disminuir medidas. En realidad, empezó siendo todo lo contrario. A los 14 años era tan delgada que una prima me decía anoréxica (créanme no era el mejor apodo que le podían poner a una chica de esa edad), tenía las piernas flacas, el desarrollo aún no me había favorecido con las medidas (el famoso y ansiado 90-60-90) y en definitiva estaba súper lejos del ideal del cuerpo perfecto.

Los hábitos, la alimentación y la rutina hicieron lo suyo y la historia cambió. Ahora sí que la lucha era por perder todos esos kilitos de más. En algunos momentos fue agobiante y literalmente hice de todo por encajar con ese molde perfecto. Ejercicios, dietas, pastillas, ampollas, masajes, tratamientos, pócimas milagrosas, etc. Algunas funcionaban mejor que otras, pero ninguna tenía un efecto permanente en mí.

De pronto esa búsqueda del cuerpo perfecto se volvió cada vez más desgastante para mí. Yo intentaba encajar con ese modelo a cualquier costo, sin entender bien porqué lo buscaba. No sabía si eso era lo que realmente quería o si eso me hacía feliz. Lo hacía porque así me lo decían las revistas de moda, la televisión y las redes sociales.

Crecí con esa idea de que ser bella era parecerse a ese modelo. Y así todos mis esfuerzos debían estar orientados a ello. Porque de no alcanzarlos corría el riesgo de no ser aceptada, de no ser vista, de no ser halagada, de no ser amada. Qué triste y solitario quedarme en esa zona en la que no encajaba con el molde perfecto.

Entonces empecé a detestar mi reflejo en el espejo, a avergonzarme por aquellas pecas o lunares, a no querer mostrar mi piel libremente por aquellas estrías y celulitis, a desear cortar ese exceso de mí y a ver sólo imperfecciones en toda mi esencia. No había ninguna parte de mi cuerpo que no mirara con desprecio, que no examinara detenidamente, juzgándome y sumergiéndome en una profunda inseguridad.

Y es que estaba buscando encajar en un molde sólo porque sí y eso me produjo soledad, frustración, enojo y mucha sensación de vacío. Porque no entendía porqué quería un cuerpo perfecto, simplemente lo deseaba porque así lo dictaba la sociedad. Y en esa búsqueda por encajar me perdí y olvidé lo que realmente quería yo.

¿Por qué no me veía como las mujeres a las que seguía? ¿Por qué mi piel tenía imperfecciones que las de ellas no? ¿Por qué la ropa no me quedaba como a ellas? ¿Por qué era tan difícil dejar de comer? ¿Por qué a pesar de todos mis esfuerzos no encajaba en el molde? Y sobre todo, ¿por qué esta búsqueda me hacía sentir tan burda e infeliz?

Entonces empecé a observar qué era lo que me hacía feliz. Y muchas de esas actividades me alejaban de aquel molde perfecto. Como los jueves de chicas bebiendo mi trago favorito o los días de marmotear viendo películas y comiendo canchita. Pero también disfrutaba saliendo a correr o bailando axe en la sala de mi departamento. Yo quería hacer diversas cosas y ser feliz con cada una de ellas. Vivirlas sin contar calorías, sin culpas, sin reproches.

Mi cuerpo no necesita calzar con ningún molde, porque no soy un cupcake o una torta. Soy una persona única. Mi lunar rojo en la espalda es único, mi cicatriz en la rodilla es única, mis pantorrillas arequipeñas son únicas, mis ojeras de panda son únicas y todas y cada una de mis imperfecciones, que no encajan con ese molde, me hacen una mujer única.

Hoy en día aún no encajo con aquel molde perfecto y estoy bien con eso. En cambio, descubrí que existe un molde hecho a mi medida. Y trabajo en él, lo lleno de cosas deliciosas y de alimentos saludables, lo endulzo con exquisitos postres, lo mimo con rutinas de ejercicios, lo calmo con yoga y meditación, lo observo con amor frente al espejo y no lo reprimo más, muestro sus texturas, sus formas, sus colores y lo cuido con cariño.

Así, de esta manera, yo me acepto, me veo, me halago y me amo. Porque ya no espero los lunes para empezar la dieta y trabajar por el cuerpo perfecto. Ahora vivo todos mis días disfrutando mi perfecta imperfección.

KA

 

 

 

 

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