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El camino hacia mi objetivo

Desde que tengo 15 años me ha gustado ser muy independiente. Al principio tuve empleos como vendedora y animadora de fiestas infantiles. No tenía un objetivo acerca de mi trabajo soñado, sólo era una adolescente que intentaba ganar un poco de dinero. Cuando ingresé a la universidad, pocos años después, mi objetivo se volvió un poco más claro. Debido a que vivía en una ciudad pequeña, las mejores empresas para conseguir un empleo eran el banco, la cervecería y la empresa de hidrocarburos.

Entonces casi tácitamente me puse como objetivo ser una ejecutiva de ese banco. Empecé a visualizarme como una de ellas, vestida formal (muy a pesar del calor pucallpino), con una cartera grande y calzando tacones. Quería atender a los clientes, ser eficiente y amable con ellos y que todos en la ciudad me reconocieran por trabajar en el banco.

Mientras tanto, durante varios años fui de empresa en empresa y mi empleo soñado como ejecutiva de banco parecía alejarse en vez de acercarse. Dispuesta a cumplir con mi objetivo y convencida de que en mi ciudad había agotado todas las posibilidades, me mudé a la ciudad de Lima. Al cabo de varios meses de ardua búsqueda tuve que aceptar el primer empleo en el que me contrataron.

Renuncié a este porque recibí una propuesta que me acercaba a mi objetivo. Un banco del estado no era el banco que esperaba, pero era un pasito más hacia él. En este empleo pude ser por tres años aquella chica ejecutiva, con carteras grandes y tacones altos. Pero me faltaba ese factor de atender al cliente, de servir a las personas y de ayudarlas. Así, llegó también esta sensación de atasco, de no estar haciendo lo que quería. Tenía que hacer algo al respecto, había llegado demasiado lejos como para rendirme ahora. No podía quedarme atada a un empleo que no cumplía con mi objetivo. Me acercaba a él, pero no lo cumplía.

Sin tener ningún respaldo más que mi ímpetu por cumplir con el objetivo trazado, renuncié a mi trabajo. Fueron largos meses como desempleada, la situación era abrumante y desesperante. La familia empezó a preocuparse, la renta y los gastos fijos comenzaron a devorarse los ahorros, las oportunidades se desvanecieron, el camino parecía cerrarse y con ello mi objetivo se alejó más que nunca.

Llegó agosto del 2018 y, sin ánimo y esperanzas, obtuve un empleo en un organismo del Estado. ¡Nada más alejado de mi gran objetivo! El proceso fue corto y empecé mis labores. “Tranquila, esto es temporal” me decía a mí misma. Llegué a creérmelo hasta el punto de que, no me instalé del todo en la oficina, no personalicé mi escritorio con mi habitual tacita rosa, no me permití conocer y menos socializar con mis compañeros, mientras más pronto saliera de ese trabajo sería mejor para todos. Una semana después de empezar en el trabajo, llegó mi oportunidad. Había esperado por ella desde los 18 años, por fin se me abría una puerta para entrar y ser la ejecutiva de banco que siempre quise.

Fueron casi cuatro semanas de intensas evaluaciones y entrevistas. Un día, sentada en aquel frío y viejo edificio del Estado, recibí la llamada que cambiaría mi vida. “Bienvenida a nuestro banco”, me dijo una señorita en tono muy amable. Lo que dijo después se sintió como una voz en off. La felicidad que sentía no me cabía dentro del cuerpo, parecía que iba a explotar de la emoción. Con el mismo entusiasmo y sin pensarlo dos veces, agradecí la oportunidad y por fin renuncié a aquel empleo.

Primer día de trabajo, todo era cómo lo había imaginado. Bienvenida calurosa del equipo, un nombre bonito para mi puesto, ubicación en la zona financiera de Lima, elegantes y modernas oficinas alfombradas, regias compañeras ejecutivas (vestidas formales, con bolsos grandes y tacones) y clientes A1 a los cuales podía atender y ayudar a solucionar sus problemas. Todo lo que había imaginado estaba allí. Por fin había logrado mi objetivo… ¿o no?

Muy a mi pesar, había logrado el objetivo, pero algo pasaba… algo faltaba. La felicidad y el entusiasmo que había sentido con aquella llamada se habían esfumado. ¿Qué había hecho mal? Hice todo el recorrido, no sólo me había planteado un objetivo, también lo había cumplido. ¿Por qué no me sentía como en mi trabajo soñado? Fueron dos meses en los que me sentí totalmente perdida. Llegué al final de camino y se sentía como una gran nada.

Renuncié a mi trabajo soñado. De pronto, la idea de una ejecutiva de banco que ayuda a las personas, interactúa con compañeros amables, trabaja para un banco comprometido con el trabajador, tiene unos clientes distinguidos y de buen trato no coincidía con la realidad.

Pasé una gran parte de mi vida persiguiendo un objetivo que no sé si era del todo mío. Quizá fue la inspiración de querer hacer lo mismo que mi hermana mayor, quizá fue el ímpetu de convertirme en aquella mujer independiente que veía en las películas, quizá fue lo reducido de mi visión del mundo al crecer en una ciudad tan pequeña o quizá fue la inexperiencia de una adolescente que creyó que por trazarse un objetivo ya tenía el camino labrado.

Lo cierto es que no tengo una respuesta para mi fallo. Pero tengo la sensación de que no basta con plantearse objetivos. Los objetivos son importantes, sí, pero no tan importantes como hacerlos realmente míos. Porque si no lo logro, corro el riesgo de perseguir un objetivo que no me pertenece.

KA

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